viernes, 3 de enero de 2014


“El pueblo que caminaba en la noche divisó una gran luz, habitaban el oscuro país del sufrimiento pero fueron iluminados…porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado, su nombre es proclamado. Él es el consejero admirable, el príncipe de la Paz, Él establece el derecho y la justicia desde ahora y para siempre… Isaías 9, 1-7

Acerquémonos a Navidad con un corazón abierto a los susurros de Dios que viene con su luz irrumpiendo en medio de la oscuridad de un mundo confundido y necesitado, sediento de amor y de justicia. Él llega imprevisible, sorprendente, desconcertante, abrazando la humanidad herida desde los márgenes de la historia.
Escuchemos en Navidad ese movimiento de preguntas y respuestas encarnadas en la vida, que surgen en un contexto de crisis que tiene nombres, historias, sueños, rostros, identidades de personas que son victimas en la gestión de la crisis en diversos países: ¿Con quienes nos estamos posicionando en el manejo de esta crisis? ¿de quienes estamos siendo aliadas? ¿Cómo nos llega el grito que surge desde las calles, ante los desahucios, el desmantelamiento de las políticas públicas de salud, vivienda, educación, las reformas laborales y legales que endurecen aún más las vidas de los pobres? ¿Cómo acogemos el recorte de las libertades democráticas, el grito que nos viene de los inmigrantes ante la complicidad de los gobiernos que otorga privilegios a los poderosos y les niega el pan a los supervivientes, a la vez que refuerza la política de internalización de fronteras…?.
Dispongámonos en Navidad a perseguir “sueños” e “intentos”, utopías y proyectos de vida, más que programas estáticos y seguridades…liberándonos de lo que ya es costumbre, o lo que podría ser, recuperando la libertad profética, la dimensión misionera, haciéndola necesaria, imprescindible.
Acojamos en Navidad las palabras esperanzadoras del Papa Francisco, que nos plantea cambios profundos y de fondo que nos desafían a entrar en diálogo con la realidad. Él va desequilibrando la balanza del bien y el mal, mostrándonos un nuevo rostro de iglesia cercana, misericordiosa, amable capaz de irradiar "la alegría del evangelio".
Celebremos Navidad de la mano de María proclamando con y junto a ella: “Un niño nos ha nacido, un Dios inmensamente humano nos ha visitado y ha venido a quedarse para siempre con nosotros”.
Un abrazo en cercanía, esperanza y compromiso.

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